miércoles, 5 de febrero de 2020

A finales de enero: La historia de amor más trágica de la Transición.


En un ensayo, una biografía colectiva,la  primera obra del escritor, periodista y abogado español Javier Padilla publicado por primera vez en 2019 tras recibir el premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. presenta una biografía de Lola González, Enrique Ruano y Javier Sauquillo y del ambiente en que vivieron. Con ello reconstruye, a través, los difíciles años de la Transición Española, que si bien condujeron de una democracia solida no estuvo exentos de momentos trágicos y de una tensión casi permanente, debida sobre todo a la amenaza del terrorismo.

A mediados de los años sesenta, algunas universidades españolas vieron nacer una movilización, cada vez más organizada y resuelta, contra la dictadura franquista. El régimen respondió primero con desconcierto y enseguida con represalias sistemáticas y una durísima represión policial que dejó muchas víctimas por el camino. Esta obra reconstruye los pormenores de una revuelta estudiantil —no menos intensa que el Mayo francés del 68—, y narra el compromiso con la libertad de tantos jóvenes que hicieron historia y la padecieron, afrontaron palizas y penas de cárcel al tiempo que se enamoraban y discutían entre cervezas y tabaco sobre marxismo, psicoanálisis y el amor libre. A finales de enero se centra asimismo en la azarosa peripecia personal de tres destacados militantes antifranquistas: Enrique Ruano, un joven estudiante de Derecho muerto en enero de 1969 durante un interrogatorio policial, Dolores González y Francisco Javier Sauquillo, abogados laboralistas y ambas víctimas de la matanza de Atocha de enero de 1977, en la que ella resultó gravemente herida y él murió a causa de los disparos recibidos, tratando de protegerla con su cuerpo. La emocionante historia de amor en la que los tres se vieron envueltos —Dolores fue novia de Enrique y, posteriormente, esposa de Javier— se entrelaza con los estertores de un régimen que reprimió sin piedad a quienes, como ellos, buscaban la playa bajo los adoquines, y nos recuerda a todos los frágiles comienzos de la Transición a la democracia.

Lola González, Enrique Ruano y Javier Sauquillo procedían de familias acomodadas, habían estudiado en buenos colegios y tomaron parte del espíritu revolucionario universitario de 1968. Se incorporaron al Frente de Liberación Popular (FLP), más conocido como el Felipe, la organización política española no reconocida legalmente que actuó en oposición al franquismo entre 1958 y 1969 movida por el fracaso en la implantación en el interior de las formaciones políticas de izquierdas La mayoría de sus componentes provenían de las formaciones estudiantiles clandestinas de las universidades y fue germen de algunas de las opciones políticas de renovación de la izquierda española coincidente con la revisión de las teorías comunistas más ligadas a la Unión Soviética por concepciones próximas a modelos de socialismo democrático radical de corte occidental, así como cristianos de base. Enrique entonces novio de Lola fue detenido el 17 de enero de 1969, por arrojar en la calle propaganda de su partido, y trasladado a comisaría. Tres días más tarde, fue llevado a un edificio de la calle del Príncipe de Vergara  de Madrid, para efectuar un registro de la vivienda, y allí cayó por una ventana del séptimo piso. El suceso fue presentado oficialmente como un suicidio, y se dijo que el joven echó a correr y se arrojó por la ventana. Incluso se llegó a presentar un supuesto diario en el que se expresaban ideas suicidas y que se filtró a la prensa, tras las continuas quejas del padre de Ruano llego a recibir una llamada de Manuel Fraga(en aquel entonces ministro de Información y Turismo) para amenazarle y decirle que dejara de protestar. Fraga le recordó que tenía otra hija de la que ocuparse. En uno de sus libros, Fraga se refiere a lo que llama «un intento minoritario de declararme persona non grata en la Universidad».​ Durante los últimos años del franquismo, el suceso tuvo una repercusión relativa, con mayor fuerza en ambientes universitarios. No hubo una investigación seria de lo ocurrido, aunque varios abogados denunciaron para que se investigaran los hechos, sin conseguirlo. La familia consiguió que el Tribunal Supremo ordenara reabrir el caso en 1994 y sólo en 1996, 27 años después, fueron encausados los tres policías que se encontraban con Enrique Ruano cuando éste supuestamente se cayó. El proceso se complicó por la extraña desaparición de algunas pruebas como un trozo de la clavícula del joven, en la que los querellantes dijeron que debía hallarse la evidencia de un disparo, que habría sido para ellos la causa de la muerte, finalizó con la absolución de los tres policías, ​ ante las discrepancias de los peritos médicos en el juicio, aunque con un voto particular de uno de los miembros del Tribunal, que disintió de ese veredicto. El Tribunal consideró que, en todo caso, se produjo una deficiencia en la custodia del detenido por parte de los agentes, cuya consecuencia fue su muerte. En febrero de 1969, un mes después de su muerte, los tres policías que le detuvieron recibieron una "felicitación por los servicios prestados". Enrique Ruano era compañero de colegio de Alfredo Pérez Rubalcaba (futuro vicepresidente del Gobierno y ministro del Interior de España). La indignación por la muerte de su compañero impulsó a Rubalcaba a introducirse en la política y a afiliarse al Partido Socialista Obrero Español.

Con una trágica conciencia también en enero 8 años después de la muerte de Enrique exactamente el 24 de enero de 1977 Javier se encontraba en el bufete de abogados donde trabaja en la Calle Atocha de Madrid preparando una reunión cuando unos terroristas de extrema derecha irrumpieron en el despacho y comenzaron a disparar contra él y a sus compañeros. Javier protegió con su cuerpo a Lola con la que se había casado. El atentado acabo con 5 muertos y 4 personas gravemente heridas. Javier sobrevivió al ataque muy malherido, del despacho, pero murió al día siguiente en el hospital Doce de Octubre por las heridas sufridas. Unos días después, su capilla ardiente fue instalada en el Colegio Mayor de Abogados, y posteriormente fue enterrado en el cementerio de Carabanchel. El ejemplo de dignidad que Sauquillo y sus compañeros abogados hicieron que aquel día quedara marcada en la memoria colectiva, y su asesinato supuso un punto de inflexión en la Transición. En marzo de aquel mismo año, y en gran parte por la muestra de entereza de los comunistas en el entierro de los abogados, se legalizó el PCE. Lola sobrevivió a sus graves heridas, pero su vida quedó marcada para siempre. La democracia que vivimos fue para ella una gran decepción, pues poco tenía que ver con el sueño revolucionario que ellos tres compartieron. Su historia es la de tantos supervivientes de atentados terroristas que hubieron de afrontar durante años terribles secuelas físicas y psíquicas. Lola Murió en Madrid, el 27 de enero de 2015 y  En abril de ese año fue homenajeada en la Universidad Complutense de Madrid.

 El jurado del premio Comillas ha destacado en un comunicado la minuciosa reconstrucción de los avatares del movimiento estudiantil antifranquista de los años sesenta, a partir de la emocionante y dolorosa historia de amor que entrelazó la vida de Enrique Ruano, Dolores González y Francisco Javier Sauquillo. Asimismo, ha destacado «la oportunidad de un texto que aúna de forma magistral episodios del pasado político de España, las victorias y frustraciones que tejieron la Transición política española, con el trágico destino personal de tres destacados activistas contra la dictadura.

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